TDAH = Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad

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lunes, 30 de julio de 2012

IMPULSIVIDAD Y AGRESIVIDAD EN EL TDAH



Algunos  niños con TDAH presentan un alto nivel de impulsividad que, a veces, se confunde con agresividad, aunque ambas también pueden coexistir en el TDAH. Estas conductas impulsivas hacen que les cueste mucho adecuarse a las normas, sobre todo si se suman comportamientos negativistas y desafiantes. Con ese gran repertorio de tantas y variadas conductas desorganizadas e inadecuadas es bastante difícil lograr que obedezcan e, inevitablemente,  aparecen los problemas de comportamiento, que afectan las relaciones a nivel escolar, familiar y social. Además, la desorganización del pensamiento y, en algunos, una gran rigidez mental, la falta de una adecuada comunicación y la baja tolerancia a la frustración hace que  los niños con TDAH sean en tendencia bastante agresivos al tratar de solucionar sus problemas, mostrando una falta de empatía social con los demás. Si se trabaja adecuadamente en  los programas de habilidades sociales y emocionales se puede bajar considerablemente su nivel de agresión. Igualmente, los entrenamientos en autoinstrucciones, la retroalimentación, el refuerzo y el moldeamiento conductual para  adquirir destrezas sociales y facilitar la  resolución de problemas pueden llegar a ser muy eficaces.
La agresividad en psicopatología
El comportamiento agresivo se define como:
  • Conducta intencionadamente dirigida a provocar lesión o destrucción de un objetivo (persona, animal u objeto).
  • Agresiones físicas o verbales contra los demás (amenazas, empujones, dirigirse a los demás con insultos o gritos...).
  • Agresiones contra objetos (romper o tirar objetos al suelo, dar portazos, etc.) y auto agresiones (golpearse la cabeza, arañarse, hacerse pequeños cortes, por ejemplo).
Actualmente y siguiendo la Clasificación Estadística de los Trastornos Mentales (DSM-IV, TR 2000) de la Academia Americana de Psiquiatría (APA), el comportamiento agresivo no se considera por sí mismo una entidad patológica, si no que forma parte del conjunto de síntomas de numerosos trastornos tales como el trastorno disocial, el autismo, el retraso mental o el trastorno por déficit de atención con hiperactividad.
Causas de la agresividad
Las diversas teorías que intentan explicar la agresividad se dividen fundamentalmente en activas y reactivas.
Las activas o teorías biológicas, subrayan el origen interno de la agresión, entendida cómo innata y consustancial a la especie humana.
Las reactivas explican los mecanismos ambientales que facilitan y mantienen el comportamiento agresivo, destacando entre ellas la teoría el aprendizaje social.
Desde el punto de vista de la teoría del aprendizaje social, el comportamiento agresivo se da ante una situación conflictiva que ha provocado un sentimiento de frustración en el niño. El tipo de reacción que tendrá el niño dependerá de cómo haya aprendido a reaccionar ante esa situación conflictiva. Es decir que dependerá de su experiencia previa.
Los procesos por los cuales ha aprendido a comportarse de manera agresiva son el modelamiento y el reforzamiento (básicamente la observación por parte del niño de modelos que respondan agresivamente a las situaciones conflictivas). Estos procesos actuarían a su vez cómo mecanismos mantenedores de dichos comportamientos.
La agresividad en el TDAH
Los niños con TDAH presentan frecuentemente: comportamientos inadecuados, mayor dificultad para aceptar límites, necesidad de obtener recompensas de forma inmediata o, en menor frecuencia pero de mayor gravedad, el trastorno negativista desafiante (negarse a obedecer y desafiar constantemente a las figuras de autoridad). Estos aspectos, sin tratamiento, puede desembocar más adelante en un trastorno grave de conducta.
La coexistencia de ambos cuadros (TDAH y Negativismo Desafiante) es muy frecuente y se considera que probablemente la impulsividad es el factor que favorece la unión de los dos trastornos.
Los niños predominantemente inatentos no muestran este tipo de conducta. Por tanto, un factor asociado de mayor riesgo de comportamiento agresivo será presentar el subtipo predominantemente hiperactivo impulsivo o subtipo combinado (clasificación del TDAH según DSM-IV). En estos casos la impulsividad impide que el niño analice la situación conflictiva en la que se encuentra utilizando mediadores racionales o cognitivos y que no intente formular las reglas de comportamiento que le ayudarían a controlarse en esa situación.
Paralelamente al déficit en habilidades de mediación verbal o autoinstrucciones, en muchos de éstos niños hay un déficit en el aprendizaje de las habilidades sociales adecuadas para afrontar las relaciones interpersonales con respuestas no agresivas.
Por último, cabe relacionar el comportamiento agresivo del niño TDAH con una frágil autoestima; paradójicamente a lo que puede parecer su actitud arrogante, tras ésta subyace una opinión muy pobre de sí mismo, tal y como refleja su incapacidad para aceptar el fracaso o la crítica.
Al llegar a la adolescencia, el comportamiento agresivo puede intensificarse. Los cambios físicos y emocionales a los que debe enfrentarse cualquier niño al llegar a ésta edad, pueden significar un grado de complicación que desemboque en graves crisis para el adolescente con TDAH y su entorno.
La detección e intervención precoz son aspectos especialmente importantes en el caso de niños hiperactivos que presenten negativismo y conducta desafiante y determinaran la evolución de ambos cuadros.
El tratamiento debe contemplar la intervención médica, psicológica (tratamiento cognitivo-conductual) y pedagógica, implicando a la familia, el colegio y al propio niño en el proceso.
FUENTE:
Artículo de Sonia Tello Yeves Psicóloga Infanto-Juvenil de Fundación Adana
Imagen: Google

jueves, 23 de febrero de 2012

PREVENIR LA AGRESIVIDAD INFANTIL



Muchos niños muestran comportamientos agresivos como pegar, empujar, arañar o morder. Este comportamiento suele aparecer al comenzar Educación Infantil pero, en algunos casos, se prolonga a lo largo de los años escolares.
TENER EN CUENTA
La presencia de estas conductas hasta los 5 o 6 años puede ser un proceso normal ya que, a esa edad, la capacidad de autocontrol es todavía reducida. Pero, aunque su presencia forme parte del desarrollo, se trata de comportamientos inadmisibles que hay que corregir.
  • El comportamiento agresivo tiene consecuencias negativas para los demás niños porque puede provocar daños y heridas importantes.
  • Pero también tiene consecuencias para el propio agresor. Si este comportamiento se repite, el niño será rechazado y evitado por los demás. Además, está aprendiendo una forma inadecuada de actuar que, cuando sea un poco mayor, le traerá consecuencias negativas.
  • Por último, un niño o niña agresivo, se arriesga a que sea también objeto de una agresión por otro niño como respuesta a su conducta.
FACTORES QUE PUEDEN ESTAR ASOCIADOS
  • El ejemplo de sus padres. Los niños aprenden por imitación y si en el hogar muchas situaciones se resuelven con cierta violencia, el niño aprenderá esa forma de resolver problemas similares.
  • Las dificultades de comunicación. Los retrasos del lenguaje o las dificultades para expresarse, favorecen estos comportamientos.
  • La exposición a escenas violentas. La frecuente exposición a escenas violentas aumenta la agresividad de los niños, porque aprenden un modelo que tratarán de imitarlo posteriormente. Programas de televisión, películas, deportes de lucha, videojuegos y similares, con cierta carga de violencia también contribuyen directamente a que reproduzcan conductas agresivas.
  • Ambientes familiares competitivos. Ambientes familiares donde los niños están descuidados, no existen normas coherentes y donde de alguna manera impera la “ley del más fuerte”, son proclives a que se desarrollen comportamientos violentos.
  • Poca tolerancia a la frustración y estrés. Los niños que toleran poco las frustraciones o que están sometidos a situaciones de estrés, también suelen ser más violentos.
  • Otras razones que pueden influir son la falta de habilidades sociales para resolver situaciones conflictivas de manera adecuada y, sobre todo, que el niño consiga, con su comportamiento violento, dominar a los demás y obtener beneficios, porque de esta manera está recibiendo un “premio” a ese comportamiento inadecuado.
MEDIDAS QUE DEBEN ADOPTARSE
  1. Hablar con el niño: explicar que las conductas violentas, como arañar o pegar, son inadecuadas y las consecuencias negativas que tienen para los demás niños y para él mismo. Debemos enseñarles otras opciones adecuadas como respuesta a esas conductas
  2. No exponer a escenas violentas: debemos procurar que los niños no presencien escenas violentas, ya sean en películas, videojuegos, espectáculos deportivos, etc. Muchas veces, los niños no distinguen entre la realidad y la ficción y tratarán de reproducir esas situaciones en su vida real.
  3. Ejemplo en el hogar: los niños aprenden por imitación. El ejemplo que le demos a nuestro hijo o hija será decisivo. El niño debe ver en sus padres un modelo de afrontar las situaciones dialogando, negociando, pero sin recurrir a la violencia física o verbal. Debemos tener en cuenta que nuestros hijos nos observan y escuchan siempre.
  4. Enseñar otras opciones: los padres debemos enseñarles, de manera concreta, alternativas a su conducta, es decir, cómo puede resolver las situaciones de otra manera. Esto se suele hacer reflexionando sobre episodios sucedidos en el colegio o en situaciones en las que se está en contacto con otros niños, por ejemplo, en el parque.
  5. No reforzar las conductas agresivas. Sin querer, muchas familias “premian” el comportamiento agresivo de su hijo. Bromeando, presumen de esta forma de ser ante otros familiares y amigos, con comentarios como “preferimos que él pegue a que le peguen”. De esta forma están aprobando el comportamiento de su hijo o hija. En otros casos, se etiqueta al niño como “pegón”, lo que también refuerza este tipo de conducta
  6. Elogie y apruebe. Sorprender al niño resolviendo las situaciones adecuadamente, con sus hermanos u otros niños. En esos casos, debemos prestarle una especial atención, elogiando y aprobando su conducta. Será una forma muy concreta de decirle: “me gustaría que actuaras así la próxima vez”.
  7. Adopte medidas. Cuando el niño pegue o agreda a otro niño, adopte medidas de manera que ese comportamiento tenga consecuencias negativas. Las medidas se deben adoptar lo antes posible. En primer lugar debemos regañarle y dejarle bien claro que no queremos que se comporte así, de manera breve aunque firme. Si acaba de presenciar una reacción violenta, utilice la técnica de “tiempo fuera”: déjelo en un lugar aburrido pero supervisado, tantos minutos como años tiene.(1 minuto por año). Otra forma de actuar, consiste en retirarle algunos privilegios como: no poder ver la TV o retirarle un juguete. Aquí, el criterio general será retirárselo tantas horas como años tiene
  8. Si nada funciona. Si a pesar de todas las medidas, y pasado un tiempo prudencial el niño o la niña continúa con una conducta agresiva, sería necesario que un especialista valorara el comportamiento para proponer un programa de mejora más personalizado.
FUENTE:
Elaborado por Jesús Jarque García