TDAH = Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad

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viernes, 18 de abril de 2014

CÓMO HABLAR CON SU HIJO O HIJA ACERCA DE “SU TDAH”


Para los padres de un niño/a con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad es importantísimo buscar y ampliar sus conocimientos sobre el TDAH desde la perspectiva más amplia y científica posible, con la única finalidad de encontrarse en las condiciones más favorables para poder ayudarles tanto en la escuela como en el hogar  y, a la vez, de ayudarse a sí mismos como padres y pareja.



De la misma manera en la que no serán padres exitosos en el afrontamiento de los desafíos que el  TDAH propone sin esos conocimientos, tampoco lo será su hijo.  Para evitarlo, tiene que recibir respuestas breves y concisas pero realmente eficientes sobre preguntas tales como:
  • ¿Qué me pasa?
  • ¿Por qué no puedo comportarme igual que mis compañeros?
  • ¿Por qué están todo el tiempo corrigiéndome?
  • ¿Cómo puedo mejorar?
  • ¿Por qué me llevan a ver tantos profesionales?
  • ¿Por qué debo tomar esta medicación?
  • ¿Cómo puede ayudarme una pastilla?
  • ¿Qué debo hacer yo por mi mismo?
  • ¿Siempre voy a tener problemas?
  • ¿Cuándo seré como los demás?

E incluso, respuestas a preguntas más conflictivas:
  • ¿Por qué debo estar en tratamiento, si tú dices que eras igual que yo cuando eras pequeño, e incluso ahora tienes los mismos problemas y no haces ningún tratamiento?

Todo niño/a con TDAH se enfrenta continuamente a dificultades que cuestionan su autoestima y la confianza en sí mismos.  Y, por todo esto, los padres tienen que ser la primera línea de defensa: aportando todo su apoyo, comprensión y ayudando a desarrollar tácticas y estrategias de afrontamiento cada vez más eficaces.

Nunca deben vacilar en “llamar a las cosas por su nombre”, como no se buscan “eufemismos” para explicarle a su hijo que tiene anginas o diabetes.  Por ejemplo, si tuviera diabetes no dudarían en explicarle que en el cuerpo existe un órgano llamado páncreas y que éste tiene una dificultad “x” para proveerlo de la cantidad suficiente de insulina, etc.
Así es que si su hijo/a tiene TDAH, se le debe decir que tiene TDAH, así de simple,  porque “ese es el nombre con el que se estudian y conocen estos problemas que tiene”.
Acto seguido, enumerar descriptiva y brevemente estas dificultades, teniendo en cuenta la edad del niño, ya que, si es muy pequeño, es preferible prescindir de las siglas y decirle: “tienes problemas para prestar atención y/o para conseguir que tu cuerpo se quede quieto mucho tiempo, etc.

Se le explicará que hay una parte de su cabecita (cerebro) que necesita recibir ayuda, la cual puede venir por medios externos y/o también a través de otras partes de su propia cabecita que están en muy buenas condiciones para ayudarle: “puedes hablarte a ti mismo para darte instrucciones”, y los diferentes profesionales pueden enseñarte también (porque en todo proceso de entrenamiento cognitivo en niños con TDAH se utilizan técnicas de “pensar en voz alta” para posibilitar la producción de lenguaje interno que medie en la conducta).
Muchas personas por miedo a etiquetar a su hijo vacilan en decirle abiertamente que tiene TDAH, por la creencia de que se instalará definitivamente en su mente esa idea. Sin embargo esas mismas personas no logran contenerse cuando se enojan, y a veces lo califican de “vago” por su falta de motivación, de “mal intencionado” cuando olvida una tarea cotidiana, de “torpe” cuando comete un error por descuido en sus tareas escolares, de “malo” y/o “gamberro” porque impulsivamente se llevó por delante a alguien, etc. Se sabe que al poco rato, estos adultos se arrepienten y se sienten muy mal por estos “calificativos” y hasta se disculpan, pero “no todo lo que se escribe se logra borrar con el codo”.

El nombre de un trastorno o las explicaciones sobre su origen neurobiológico

Un ejemplo de explicación sobre el origen neurobiológico del TDAH podría ser:
 “Es como si en tu cabeza estuviera el volante de un coche que es muy sensible, por lo que se mueve con facilidad y hace que te muevas de un lado a otro y que prestes atención a cosas diferentes”. Sin embargo, no debe impedir jamás que se le exija que tome una posición activa frente a su problema: “Si te esfuerzas, si buscas hacer cosas atractivas, y pones un poquito más de atención, controlarás mejor el volante”.  Y este, es el único camino para encontrar soluciones ya que el proveerle de información le permitirá dialogar con los demás y consigo mismo de manera más apropiada.

Por todo ello, los padres deben comprender que el niño/a ya sabe que algo no está funcionando bien.  Los problemas de autoestima de los niños con TDAH son, en la mayoría de los casos, el resultado de percibir que los padres, los docentes y compañeros se comportan de manera diferente con él y que él mismo no puede comportarse igual que los demás.
Sin embargo, un problema que muchos niños pequeños con TDAH presentan es que no pueden identificar claramente los problemas, saben que “algo no está funcionando” pero tardan en poder describir qué es lo que no funciona bien y en qué grado esto depende de sí mismos o de los demás.


Si se les explican las cosas apropiadamente estarán en condiciones de comprender mejor porqué es tratado de forma diferente, y podrá relacionarse de manera más apropiada. De esta manera, no tendrá que pensar que es “vago, malo, gamberro o torpe”.

Todo ello, en definitiva,  también les capacitará para conocer sus lados fuertes y débiles o, más bien, sus necesidades como parte esencial a la hora de construir el éxito que implica superar cualquier dificultad y alcanzar los objetivos que uno se propone.

FUENTE:
José Javier González Lajas

lunes, 6 de febrero de 2012

NIÑOS HIPERACTIVOS, NIÑOS INCOMPRENDIDOS

EL DÉFICIT DE ATENCIÓN ES LA PRINCIPAL CAUSA DEL FRACASO ESCOLAR
06 FEB 2012 | E. C.
Parecen desobedientes, desorganizados, olvidadizos, nerviosos, distraídos y poco dados a escuchar, pero son sólo víctimas de una enfermedad crónica: el TDAH.
Cuando mi hijo comenzó el curso, lo primero que hice fue informar a la profesora de su hiperactividad. Ella se sorprendió y me dijo: ‘¿Hiperactivo? ¡Si casi no se mueve!’”. Pepa Ayuso es madre de un niño con Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) de 16 años. Como tantos otros padres en su misma situación, tiene que enfrentarse diariamente al desconocimiento que rodea a este trastorno.
Para desmontar los mitos, aclararemos que estos chicos no tienen por qué ser nerviosos y que se trata de una enfermedad crónica, es decir, no desparece con el paso de los años. “Depende del tipo de TDAH” -asegura Daniel Costo, psicopedagogo jefe del departamento de Orientación del Colegio Retamar (Madrid)-, “los que tienen predominancia de inatención pueden estar muy tranquilos, ya que no suelen tener afectación de control motórico ni de control de impulsos. La hiperactividad es el trastorno del comportamiento más común en la edad escolar. Es neurobiológico y se caracteriza por tres síntomas claves: déficit de atención, impulsividad e hiperactividad generalizada”.
Para ilustrarlo, Fulgencio Madrid, presidente de la Federación Española de Asociaciones de Afectados de TDAH de España y padre de hiperactivo, lo asemeja al funcionamiento de un ordenador: “Cuando el niño hace una tarea es como si abriera un programa. De pronto aparece un estímulo. En ese momento se cierra el programa y se abre otro: el del estímulo, porque su cerebro no puede mantener dos programas al mismo tiempo. Cuando termina con el estímulo, ya no sabe a dónde volver. Si le reñimos, no comprende por qué lo estamos haciendo, ya que no recuerda qué es lo que tenía que hacer. Al final, está recibiendo la información de que él no vale porque hace las cosas mal. Por eso, no hay que regañarle con un ‘ya te lo he dicho cien veces”.
Tres tipos de hiperactivos
Dentro del TDAH, Daniel Costo diferencia tres subtipos: “El inatento, donde predominan síntomas de inatención; el hiperactivo-impulsivo, en el que imperan síntomas como dificultades para el control de los impulsos o en la coordinación de movimientos, necesidad de satisfacciones inmediatas, etc. Y por último, el combinado, que presenta síntomas tanto de inatención como de impulsividad-hiperactividad”.
“La causa del TDAH” -explica el psicopedagogo- “es un mal funcionamiento de una parte del cerebro, el lóbulo frontal, el encargado de regular las funciones ejecutivas. Éstas son cuatro: la planificación, por la que podemos planeamos acciones futuras basadas en la experiencia; la regulación del lenguaje interno: ser capaz de hablarse a sí mismo regulando la conducta por normas; la regulación de las emociones; y la capacidad de análisis y síntesis”.
Carmen Engerman es madre de un joven TDAH de 17 años y esposa de un TDAH adulto. Además, es presidenta de la Asociación de Padres de Niños y Jóvenes con TDAH. Como buena conocedora del tema, comenzó a sospechar muy pronto de su hijo: “Era un niño muy inquieto, no terminaba ninguna tarea, hablaba mucho y, en ocasiones, parecía que no oía o no entendía lo que le pedíamos”. Para otros padres, llegar a esta conclusión no fue tarea fácil. Fulgencio vio que algo no iba bien cuando comparó al niño con otros de su misma edad: “Vimos que el nivel de inatención iba un poco más allá del de otros chavales”.
 “Los padres son los mejores conocedores de sus hijos. Por lo tanto” – aconseja Daniel Costo- “si sospechan que el niño tiene problemas de conducta, deben hablar con los maestros que están con él para determinar si esos comportamientos son exclusivos del ambiente familiar o se reproducen en los demás ambientes”, teniendo en cuenta que, para que exista este trastorno “deben estar presentes los síntomas típicos, con una intensidad incoherente con el nivel de desarrollo, durante seis meses y en los distintos ámbitos del niño”.
Señala que para establecer una evaluación correcta “habrá que realizar una valoración psicológica, psicopedagógica y médica. El pediatra, neurólogo, psicopedagogo y psicólogo clínico son algunos de los profesionales que nos pueden ayudar a delimitar si existe un trastorno o no”. Además, es fundamental que los diferentes equipos y los padres trabajen en equipo: “A mi hijo lo diagnosticaron con seis años” –relata Ayuso-. “Por un lado, el neurólogo le puso la medicación; por el otro, acudía una vez a la semana al psicólogo. Es tan importante el uno como el otro”.
En España, la media de tiempo que pasa desde que la familia es consciente de que hay un problema hasta que se consigue un dictamen es de dos años. “Cuando aparece el diagnóstico, al menos, sabemos lo que pasa”, apunta Fulgencio Madrid. “Es un gran alivio llegar a una conclusión”, asevera Engerman. Sin embargo, acusa que, quizá por desconocimiento, algunas familias no terminan de creer que el niño tiene un trastorno hereditario y crónico y que le causará problemas si no es tratado de forma adecuada.
Como especialista que ha tenido que diagnosticar este trastorno en numerosas ocasiones, Daniel Costo conoce muy bien las reacciones de los padres: “Cuando les informas por primera vez de que su hijo tiene TDAH, por un lado se preocupan por todos los mecanismos de actuación que deben poner en funcionamiento para que mejore. Y si deben medicarle, les preocupan los posibles efectos de la medicación. Por otro lado se sienten aliviados al darle nombre y cuerpo a aquello que le pasa a su hijo y que no sabían cómo tratar”. Este trastorno” -añade- “aparece a edades muy tempranas, desde que es un bebé. Y ocurre aproximadamente a un 5% de la población escolar. Los subtipos impulsivos- hiperactivos en etapas tempranas son más fáciles de identificar que los subtipos inatentos”.
Caracter hereditario
Pero ¿cuál es el origen? Daniel Costo revela que “tiene un cierto carácter hereditario, además, determinadas variables educativas que rodean el ambiente del niño pueden agravarlo o no”. Es una enfermedad que dura toda la vida, aunque “existe un porcentaje de individuos, el 50% más o menos, a los que al pasar la adolescencia les remite. Esto es porque “los adultos con TDAH tienen otras herramientas de control que un niño no tiene y sobrellevan mejor la enfermedad. Aun así, muchos, deberán seguir medicados”. Vivir con un niño TDAH no es fácil porque, además de todos los problemas que conlleva la propia enfermedad, se trata de una discapacidad invisible. “Desde fuera -dice Fulgencio Madrid lo que se ve es a un niño al que le dejan levantarse de la mesa, por ejemplo o a unos padres muy permisivos con algunas cosas. A veces, la gente lo entiende como privilegios”. “Muchas son las situaciones de desaprobación”, añade Egerman. “Es inevitable observar cierta actitud de rechazo en otros padres o incluso en familiares que no viven a diario con él”. El problema -prosigue Fulgencio- es que “requieren de mucha dedicación, una familia estructurada y unos horarios clarificados. Hay que trabajar con él para que lo tenga todo previsto. Necesitan de mucha paciencia, serenidad y rutina”.
En el colegio, si los profesores no están suficientemente informados del problema, las dificultades se multiplican. “En un examen, leen la primera pregunta mientras contestan a la segunda y a la vez recuerdan un detalle de la tercera y luego pasan de nuevo a la primera. Cuando se quieren dar cuenta, se ha acabado el tiempo del examen y ni siquiera lo han empezado”, relata Ayuso. Para evitar esto, Fulgencio Madrid solicitó a un profesor que a su hijo, de 19 años, se le hicieran los exámenes orales. La negativa fue rotunda: demasiado mayor como para tratarle con tales privilegios. Ayuso confiesa que ha encontrado “algún maestro que colabora mucho en controlarle el tiempo, pero no todos. Otros creen que es darle una ventaja que a los demás compañeros no se les da. Lo único que suelo conseguir es que le pongan en la primera fila”. Si algunos profesores no se involucran con la enfermedad, ¿qué no harán sus propios compañeros? “A los niños hiperactivos se les aguanta poco porque son muy impulsivos, se entrometen en todo, si se aburren en clase molestan al compañero. Por todo esto, tienen muchas dificultades para hacer amigos”, dice una madre.
Para mejorar el TDAH hay que trabajar en varios aspectos. Daniel Costo destaca la importancia de dotar al niño de “un apoyo psicopedagógico, farmacológico, psicológico y de entrenamiento en control conductual. Los medicamentos, en los casos que se requieren y pautados por un médico, son muy recomendables. Son estimulantes que, como muchos otros medicamentos, tienen contraindicaciones, pero seguidos por el personal médico son beneficiosos para los niños con TDAH”. Si la hiperactividad no se trata adecuadamente, “la relación con el fracaso escolar suele ser bastante alta. Y, aun bien tratada, algunos suelen tener dificultades”.
Pero no todo es negativo. “En mi experiencia profesional -indica el experto- he descubierto que un alto porcentaje de estos niños suele tener mucha creatividad: un tema sobre el que es bueno apoyarse para potenciarles otras áreas”. Ésta es la situación actual de los niños con TDAH. Si seguimos centrando toda nuestra atención en los superdotados, buenos estudiantes, niños ejemplares y dejamos de lado a los que no alcanzan esos niveles de exigencia o de comportamiento, estaremos condenando a estos niños, que no tienen ninguna culpa de su problema, al fracaso y al rechazo de la sociedad. Y esto es absolutamente injusto. La comunidad educativa debe prestar más atención a estos niños exigiendo un más amplio conocimiento de este problema a los profesores y dotando a los centros escolares de los medios humanos y técnicos necesarios para poder ayudarles.
FUENTE:

lunes, 11 de julio de 2011

FOMENTAR LA AUTOESTIMA EN EL TDAH

El TDAH es una verdadera amenaza a la confianza en uno mismo. Si un niño fracasa en los estudios, es socialmente inepto y se mete constantemente en problemas, es lógico que su autoestima acabe por los suelos. Lamentablemente, para la mayoría de los niños con TDAH la vida no es un camino de rosas. Pero, si en lugar de destruir su autoestima, la fomentamos, podemos hacerles la vida mucho más agradable.
Los niños no pueden verse a sí mismos, juzgan su propia valía a partir de las reacciones de quienes les rodean. Nosotros somos el espejo que refleja el modo en que se les considera y así se modula la imagen que tienen de sí mismos.
Amenazas a la autoestima
Se puede minar la autoestima de un niño, no sólo con las palabras sino también con la forma en que las decimos. El tipo de entonación que utilicemos, la falta de interés, las críticas y las quejas de incompetencia son las mejores bazas para lograrlo.
  • No escuchar: Para que un niño sienta que importa, lo que él dice tiene que importar. No es nada fácil, pero si no fomentamos la comunicación con los niños, dejarán de contarnos nada.
  • Despreciar: Pueden parecer insensibles e irritantes, pero eso no significa que las cosas no les afecten ni que no les duelan los comentarios hirientes. Es el comportamiento, no el niño, lo que nos disgusta.
  • Sobreprotección, falta de confianza: Los niños tienen que sentir que se confía en ellos para alcanzar la independencia y así poder tener una autoestima elevada.
  • Comparaciones: Cada niño es único, no hace falta compararle con nadie. Cuando un ser humano de cualquier edad se ve obligado a vivir a la altura de las expectativas de otra persona acaba estrellándose y perdiendo la confianza en uno mismo.
  • Buscar fallos: Todos sabemos lo mucho que duele cuando hacemos las cosas lo mejor que sabemos y sólo recibimos críticas. Cuando un niño da lo máximo de sí mismo se le tiene que animar en lugar de buscar sólo los fallos.
  • Comentarios hirientes: Tenemos que deshacernos de palabras como tonto, estúpido, pesado, insoportable... Si no nos deshacemos de un lenguaje tan destructivo, acabaremos destruyendo la autoestima del niño.
  • Focalizarse en el fracaso: Tienen que saborear las mieles del éxito. Los padres normalmente sólo tienen ojos para sus fracasos. Su vida se puede convertir en un verdadero infierno.
Fomentar la confianza del niño en sí mismo
Para que un niño se encuentre a gusto consigo mismo, debe percibir que se tiene en cuenta lo que dice, que se valoran sus facultades, que se le respeta y que confía en él. Quienes conviven con él deben fomentar su autoestima a costa de cambiar su foco de atención, del fracaso al éxito.
  • Palabras que hacen milagros: Escuche atentamente lo que le cuente su hijo. Hágase eco de lo que diga, mírele a los ojos mientras conversa con él y déjele que acabe de hablar sin interrumpirle. Demuéstrele su interés y hágale saber que le importa lo que le está contando. Anímele. “Estupendo”, “Así se hace”, “Me gusta”, “Confío en ti”.
  • Así se hace: Esté pendiente de lo que haga su hijo, valore su esfuerzo y échele una mano si necesita ayuda. Cuando las cosas no le salgan del todo bien, guíele, pero no le critique. “Vaya..., si lo ordenas un poquito más estará perfecto”. Haga la vista gorda con lo que esté mal y fíjese en lo que está bien. Demuéstrele que está satisfecho y orgulloso de él. “Lo has conseguido”, “Está bien”, “Debes estar orgulloso, lo has logrado”, “Está mucho mejor”, “Realmente estás mejorando mucho”.
  • Respeto y confianza: Valorar el esfuerzo no el resultado cuando éste deje bastante que desear. Anímele a que haga todo lo que pueda. Si no se le dan responsabilidades y no se confía en él, se sentirá inadecuado, torpe, incapaz, dependiente. Trátele como le gustaría que le trataran a usted, así no se equivocará nunca. Elija sus palabras con mucho cuidado, anímele y hágale sentirse importante.
  • Saborear las mieles del éxito: No hacer una montaña de los problemas que tenga el niño con los estudios. Buscarle hobbies, intereses o actividades al aire libre para que puedan disfrutar de la vida. Cambiar el “chip” de lo que no saben hacer a lo que saben hacer. Los niños que tienen confianza en sí mismos son los que triunfan en algo. Hay que ayudarles a encontrar en qué consiste ese algo.
FUENTE

miércoles, 8 de junio de 2011

DR. JAVIER QUINTERO: El 6% de los niños sufre Déficit de Atención

Diariomedico.com lunes 6 de junio de 2011
ENTRE UN TERCIO Y LA MITAD DE LOS PACIENTES INFANTILES CON TDAH SEGUIRÁ CON PROBLEMAS
El Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad es una disfunción neurobiológica que afecta al funcionamiento y a la maduración del cerebro. Esta patología merma la calidad de vida de los niños y adolescentes que la sufren y es la causa de fracaso escolar, prevenible y tratable, más importante. La genética explica entre el 70 y el 80 por ciento de los casos, pero el diagnóstico continúa siendo eminentemente clínico en la actualidad.
A través del fracaso escolar aumentamos el riesgo de otras complicaciones posteriores y una adolescencia difícil en muchas ocasiones.
El trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es una disfunción neurobiológica con "una prevalencia en edad infantil y escolar del 6 por ciento, lo que implica que, en una clase de veinte niños, por lo menos haya uno que la sufra. Y una cuestión importante es que un 2 por ciento de éstos lo seguirán teniendo en la edad adulta, si bien cambian algunos síntomas", afirma Javier Quintero, jefe de Psiquiatría del Hospital Infanta Leonor, de Madrid.
"La genética explica entre el 70 y el 80 por ciento de los casos y condiciona una serie de alteraciones en el funcionamiento del cerebro de estos niños, por un defecto en la maduración de algunas regiones cerebrales, como el área prefrontal, implicadas en la capacidad de atender y controlar el comportamiento, que son los síntomas que tienen estos niños", explica Quintero.
Un 2 por ciento lo sigue teniendo en la edad adulta, lo que se traduce en mayor inestabilidad laboral y afectiva, y en más psicopatología.
"El diagnóstico es similar desde los años 80, que es cuando se deja de hablar de hiperactividad y se empieza a hablar de TDAH; desde entonces ha habido pocas variaciones, si bien en los últimos años se han empezado a diagnosticar más casos porque ahora hay más profesionales que conocen este trastorno, cómo se expresa, cómo se manifiesta y cómo se diagnostica. No sólo, hay más médicos concienciados, sino también más profesionales sanitarios e, incluso, los mismos maestros. Hemos visto que, de un tiempo a esta parte, ha cambiado mucho el modo de actuar de los profesores. Antes parecía que era un estigma si el niño era un poco diferente. Ahora cuando ven que un niño tiene un problema saben que se puede tratar", advierte Quintero.
Además, el TDAH hay que entenderlo como un factor de riesgo para otras patologías. "Que un niño tenga dificultades de concentración es un problema, pero no es un gran problema; que un niño tenga inquietud motora genera dificultades en el manejo en el colegio o en casa, pero no es un gran problema; que un niño sea más o menos impulsivo, pues también puede dar ciertas dificultades de comportamiento, pero tampoco es un gran problema. El problema es que el déficit de atención multiplica el riesgo de fracaso escolar, porque no es capaz de hacer un uso adecuado de sus capacidades, no es capaz de conseguir que esa atención se traduzca en una ejecución eficiente en el colegio, no termina las tareas, y no lleva una curva normal de aprendizaje".
Por otra parte, "con la hiperactividad y la impulsividad tenemos un niño inquieto, complicado de manejar y multiplicamos el riesgo de trastornos de conducta. Nos encontramos en la edad infantil que los niños con TDAH no consultan por éste, sino porque comienzan a dar problemas de rendimiento o conducta en el colegio. A través del fracaso escolar aumentamos el riesgo de otras complicaciones posteriores y se ponen las bases para una adolescencia difícil, en muchas ocasiones. El TDAH nos condiciona un mayor riesgo del pronóstico funcional, vital y de calidad de vida a medio y largo plazo. El problema no es que el niño suspenda tres asignaturas en cuarto de primaria sino que se aumenta el riesgo de fracaso escolar y no termine la secundaria por desfase curricular. Probablemente, estemos ante la causa de fracaso escolar prevenible y tratable más importante, siendo, además, fácil de tratar", advierte.
 Y añade que, muchas veces, el niño aguanta una primaria estupenda porque tenía un tutor fantástico y la madre estaba muy encima, "pero salta al instituto y se desmorona porque, el contexto que hasta entonces había permitido estructurarle razonablemente bien, ha cambiado, no porque el TDAH aparezca a los 12 ó 13 años. Otros llegan a la consulta con 16 años, cuando llevan dando problemas seis o siete años, pero resulta que siempre ha habido alguien detrás diciendo no se preocupe, ya se le pasará, ya madurará... En definitiva, el niño madura pero de manera incorrecta e ineficaz porque es un trastorno de neurodesarrollo".
Importancia de la familia
Con respecto al número de casos en familias desestructuradas, Quintero afirma que "tiende a haber más casos por efecto, no por causa. Efectivamente, en familias complicadas hay más casos, pero el problema está en que cuando se ven las causas genéticas en la familia, entre sus progenitores y su entorno familiar, hay más miembros con TDAH. De un tercio a la mitad de los niños que lo tienen, un 2 por ciento, no alcanzarán a compensarlo y lo tendrán en la edad adulta".
De ahí que "las dificultades seguirán estando presentes: se organizará mal y será más impulsivo, lo que se traduce en mayor inestabilidad laboral, inestabilidad afectiva, más divorcios, más separaciones, más crisis de pareja y más psicopatología, más trastornos por consumo y abuso de sustancias adictivas y más trastornos de personalidad. Con lo cual, en ese contexto, la genética aumenta el riesgo de que los hijos de esta persona tengan más riesgo de TDAH, pero no por el contexto ambiental, sino por el riesgo genético que trasmite y que, a él mismo, le ha llevado a esta situación".
Con la colaboración del Instituto Tomás Pascual. Diagnóstico clínico y otras pruebas complementarias
El diagnóstico del TDAH continúa siendo eminentemente clínico. La entrevista con el niño y con los padres son básicas, si bien algunas investigaciones podrían dar sus frutos próximamente. "En la Universidad Complutense -dice Javier Quintero- hicimos un trabajo con magnetoencefalografía, para intentar ver la funcionalidad del cerebro de estos niños y, parece que por ahí, podrían surgir cosas. Otros estudios en Estados Unidos han intentado ver la maduración cortical con técnicas de resonancia magnética nuclear y, por ahí, también podrían salir nuevos datos. Por otra parte, se está tratando de encontrar marcadores genéticos que nos puedan ayudar, pero la genética del TDAH es compleja, multivariante, y no hay marcadores biológicos que permitan discriminar el diagnóstico. Hay estudios que muestran que hay ciertas variables genéticas que nos pueden condicionar un mayor riesgo de trastornos de conducta o de respuesta a diferentes tratamientos. Luego, se pueden hacer pruebas complementarias al diagnóstico clínico de neuropsicología y psicología, para conocer el funcionamiento del niño y su proceso de atención. Sobre el tratamiento, no es lo mismo tratar a uno con una inteligencia normal-baja que a otro con una inteligencia muy buena pues éste va a tener más recursos para compensar sus déficits y su disfunción y sus problemas aparecerán más tarde. Aquél con dificultades en la atención y una inteligencia más baja va a tener dificultades antes".
FUENTE: