TDAH = Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad

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miércoles, 15 de agosto de 2012

NO SOY YO, ES MI DÉFICIT ATENCIONAL



Son los que dicen la broma justo en el momento menos oportuno. Los que muchas veces no se dan cuenta de que el otro está algo más que molesto de que le digan lo que no quiere escuchar. O los que, sin esperar el turno y no encontrando nada malo en eso, interrumpen con su opinión. El resto los califica de poco atentos, desconsiderados y mal educados. Y de ellos siempre piensan “¿cómo no se da cuenta...?”. Y, no, justamente ese es el problema: NO SE DA CUENTA. Porque uno de los rasgos menos conocidos del déficit atencional es la dificultad que tienen las personas diagnosticadas para detectar las emociones más sutiles. Inmadurez cerebral y, precisamente, la dificultad para poner atención son las principales causas.
El trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH) se entiende como la dificultad para mantener la atención, controlar impulsos y el nivel de actividad. Pero esa mirada se ha restringido, la mayoría de las veces, al ámbito académico en los niños y adolescentes y en problemas de atención en el trabajo en adultos.
Pero el TDAH también involucra el mundo de las emociones. Ese es el resultado de un estudio realizado por el neurofisiólogo y académico Vladimir López, de la Escuela de Psicología de la Universidad Católica de Chile, que indagó en cómo es la respuesta a los distintos tipos de emociones en un grupo de 80 niños y adolescentes entre 9 y 14 años, con y sin TDAH a los que les mostraron en laboratorio más de 300 imágenes de emociones.
Los resultados de la investigación, un proyecto Fondecyt de Conycit, muestran que los niños con TDAH obtienen peores resultados en el reconocimiento de expresiones faciales de contenido emocional más sutiles como ironía o desagrado. Presentan también una mayor tendencia a confundir la emoción, especialmente en los rostros neutros. Por ejemplo, en el caso de la alegría, el grado de acierto del grupo sin TDAH era 79,6%, lo que en el grupo con TDAH disminuía a 63,3%. En el caso de la tristeza, fue 77,3% en el primer grupo y 64,3% en el segundo. Los errores también eran mayores en ellos, mientras el grupo de control tenía 8,6% de errores en la detección de la rabia, ese porcentaje aumentaba a 13% en el grupo con TDAH.
El estudio también abordó el manejo de las relaciones sociales. Lo que en el caso de los niños con el trastorno se reflejó en un mayor número de conductas desafiantes: 26,67% presentaba alto riesgo de hostilidad e irritabilidad y 53,33% conductas agresivas.
Es decir, esas pequeñas claves con contenido emocional que la mayor parte de las personas capta de manera automática -porque revelan agrado o desagrado- y se ajusta a ellas según las interpreten, no son tan claras para quienes tienen TDAH”, dice el especialista. En estos casos, “hay que considerar que hay situaciones que no son de aprendizaje escolar, pero que son cruciales y ahí hay una necesidad de intervenir”, indica López sobre una conducta que tiene un correlato cerebral: las zonas asociadas a la conducta social, como la corteza prefrontal y la amígdala, están inmaduras en ellos. Es lo que explicaría las diferencias en el reconocimiento de las emociones. Lo comprobó un estudio del Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos, que analizó a través de resonancia magnética el cerebro de 400 niños y adolescentes con y sin esta condición: si en los niños sin TDAH la corteza cerebral alcanza su máximo grosor (cuatro milímetros) entre los siete u ocho años, en los niños con esta condición, sucede tres años después, entre los 10 y los 11 años.
Adulto desconcentrado
Se estima que un 50% de los casos diagnosticados de TDAH en la niñez o en la adolescencia mantiene síntomas que perduran en la vida adulta. Así, las interferencias en el colegio se trasladan después a las relaciones sociales y al trabajo. Y esta es una realidad para el 4% a 5% de los adultos, explica Ari Tuckman, sicólogo clínico especialista en diagnóstico y tratamiento en niños y adultos con déficit atencional. Pero en los adultos, además de los problemas de concentración y de reconocimiento de emociones sutiles, suelen sumarse otras complicaciones: 25% presenta alteraciones de la conducta, 25% ansiedad, 22% depresión y problemas de aprendizaje.
Sobre el perfil de estos adultos, un estudio de la Unidad de Memoria de la U. Católica de Chile determinó que muchos de los adultos que consultan por problemas de memoria, impulsividad e ineficiencia, “no tienen un problema para reconocer emociones. Son aquellos rasgos más sutiles que tienen un contenido emocional donde fallan, como en una expresión de desconfianza o inseguridad en el otro”, explica López.
De hecho, sus habilidades sociales son buenas, recalca Tuckman. Pero aquellos aspectos tenues, por su distracción, dice el especialista, les parecen menos obvios que una emoción más pura o más bien extrema, como furia o alegría. “Por ejemplo, pueden interrumpir a alguien con una broma que ellos mismos creen que es muy divertida y no se detienen un segundo para evaluar que esa persona podría ser ofendida por esa broma”, indica.
Sin duda, el origen de esta dificultad con las emociones del rango más sutiles va de la mano de su falta de atención. “Es difícil dar una respuesta adecuada a una situación si se olvida de algo de lo que está sucediendo en la misma situación”, aclara el sicólogo.
FUENTE:
IMAGEN: Google

jueves, 8 de marzo de 2012

¿HIPERACTIVO O EL MÁS PEQUEÑO DE LA CLASE?

María Valerio | Madrid. 06/03/2012
Comparten curso y pupitre, pero entre un niño nacido en enero y otro de diciembre existe casi un año entero de diferencia. Y, según un amplísimo estudio canadiense, esta brecha en el calendario puede tener importantes consecuencias entre los seis y los 12 años: los pequeños de la clase son a menudo sobrediagnosticados como hiperactivos.
La relación entre la época del año en la que se nace y distintas patologías de la mente (desde la esquizofrenia al autismo) ha sido ampliamente abordada por la ciencia; aunque en el caso del trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) no existen evidencias claras.
Ahora, investigadores de la universidad canadiense de British Columbia han utilizado una muestra de casi un millón de niños de seis a 12 años para ver cómo afecta la cuestión. Sus conclusiones son una importante llamada de atención a padres, profesores y especialistas.
Entre 1997 y 2008, los niños nacidos en diciembre tenían un 39% más de posibilidades de ser diagnosticados con TDAH que sus compañeros de enero. Un sobrediagnóstico que se tradujo en un 48% más de uso de fármacos para tratar esta hiperactividad.
"Es un estudio muy importante, con conclusiones totalmente lógicas que alguna vez hemos comentado entre compañeros", señala la doctora Lola Mojarro, presidenta del comité científico de la Asociación Española de Psiquiatría del Niño y el Adolescente (AEPNYA). Aunque añade que este fenómeno es difícil que ocurra en España, "porque aquí se diagnostica menos y mejor, no únicamente en base a cuestionarios". Una idea en la que coincide José Antonio Ramos Quiroga, director del programa de TDAH del Hospital Vall d'Hebron de Barcelona, "la maduración del niño es algo que todo clínico valora y tiene en cuenta".

EVIDENTE A LOS CINCO O SEIS AÑOS

Como explica Mojarro, 12 meses suponen una diferencia enorme a los cinco o seis años; "aunque como bien apunta el trabajo, dicha brecha se va equilibrando cuando el menor se acerca a los 11 o 12 años". A su juicio, sería lógico separar a los niños en los primeros cursos; "por un lado los nacidos de enero a junio y, por otro, los de julio a diciembre".
En el estudio, el sobrediagnóstico de diciembre fue incluso más llamativo cuando se desglosaron por separado los datos de niños y niñas. Para ellas, nacer a final de año supuso un 70% más de probabilidades de ser diagnosticadas con este trastorno que las nacidas en enero. Probablemente porque las niñas con TDAH son menos disruptivas, añade la doctora Anna Sans, jefe de la Unidad de Trastornos del Aprendizaje del Servicio de Neurología del Hospital San Joan de Deu de Barcelona, "y como tienen menos problemas de conducta en clase, el trastorno suele pasar más desapercibido".

MEDICACIÓN INNECESARIA

El equipo canadiense, dirigido por Richard Morrow, considera que no existen razones genéticas para explicar este fenómeno y concluye que a menudo la inmadurez de los más pequeños de la clase se confunde erróneamente con hiperactividad (un síndrome que combina impulsividad, falta de concentración, dificultades para estar quietos, impaciencia, desorganización en el estudio...). "Es importante no exponer a los niños a los daños innecesarios que puede suponer un diagnóstico erróneo", alertan.
Y entre esos 'daños colaterales', el uso de fármacos es sólo uno de ellos porque los investigadores advierten también del peligro de 'etiquetar' a un pequeño, tratándole de manera diferente que a sus compañeros y alterando la percepción que puede tener de sí mismo.
Para huir de esos diagnósticos erróneos aconsejan, entre otras cosas, observar al pequeño en otros contextos diferentes de la escuela, en la que su inmadurez respecto a otros niños puede ser más patente. Un adecuado diagnóstico es clave para tratar los problemas de conducta de estos menores y evitar, entre otras cosas, fracaso escolar y secuelas en su edad adulta. "Los casos graves de TDAH se diagnostican fácilmente; pero en los que no son tan acentuados -que son la mayoría- el papel de los profesores es fundamental, porque son los primeros en sospechar que algo no va bien", apunta el doctor Celso Arango, especialista en Psiquiatría Infantil del Hospital Gregorio Marañón de Madrid.

EL MITO DEL SOBREDIAGNÓSTICO

El trastorno por déficit de atención (con o sin hiperactividad) afecta a un 5%-10% de los niños en edad escolar (en una proporción de cuatro a uno para los varones). Tienen dificultades para concentrarse, interrumpen constantemente, les cuesta estar quietos y permanecer sentados, se mueven sin parar, se organizan mal en los estudios... Y aunque las causas que dan origen a este trastorno (el más frecuente en la edad escolar) no están del todo claras, cada vez se apunta a un cóctel de factores genéticos y ambientales.
En los últimos años, el número de casos diagnosticados ha crecido significativamente; pese a lo cual, la doctora Anna Sans considera que no existe un sobrediagnóstico como podría pensarse. "Como en todo, puede haber errores, pero siguen siendo más los casos que no se detectan que no al revés", asegura a ELMUNDO.es. De hecho, cita un estudio reciente llevado a cabo en el área metropolitana de Barcelona en el que apenas un 2% de los menores estaba en tratamiento farmacológico para el TDAH; "muy lejos del 5% de casos que se estiman en España". Coincide con ella la doctora Mojarro: "no hay un sobrediagnóstico, porque aquí se trata el tema con más cautela que en EEUU, por ejemplo".
José Antonio Ramos Quiroga, director del programa de TDAH del Hospital Vall d'Hebron de Barcelona incide en la misma línea: "Este infradiagnóstico es algo que puede sorprender a mucha gente, pero podría estar detrás, por ejemplo, de nuestro elevado fracaso escolar". A su juicio, no se puede descartar que este tipo de trastornos no se estén abordando correctamente en España.
FUENTE:
http://www.elmundo.es/elmundosalud/2012/03/05/psiquiatriainfantil/1330955244.html?cid=GNEW970103