Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad

jueves, 25 de octubre de 2012

IMPULSIVIDAD Y TDAH 2: estrategias para el autocontrol



ESTRATEGIAS
Recordar que la impulsividad como rasgo de temperamento puede deberse, en parte, a predisposiciones genéticas, pero la propia experiencia vital del niño y las condiciones de su entorno determinarán la intensidad, frecuencia y forma en la que finalmente se expresa. Un ambiente familiar tranquilo y colaborador es el mejor aliado para corregir conductas. 
Ante las manifestaciones impulsivas (rabietas, gritos, lloros, etc.)  de los más pequeños (hasta 5 ó 6 años), deberemos aplicar la retirada de atención física y afectiva y, si procede (según intensidad o características del episodio), aplicar algún correctivo. No basta con saber establecer límites o castigar, sino que, además, tendremos que completar el trabajo con ejercicios de vinculación afectiva, como leerles cuentos, efectuar ejercicios de relajación por la noche antes de dormir, etc. En estos momentos es cuando podemos razonar con ellos y analizar lo que ha pasado, de manera acorde a la edad y capacidad del niño. A los más pequeños les costará entender los razonamientos basados en la lógica o moral adulta, por tanto, habrá que evitar excesivas explicaciones.
Es importante, también, que empecemos a trabajar con ellos las sensaciones internas que preceden a las manifestaciones impulsivas. Si el niño va tomando conciencia de ello, podrá más fácilmente técnicas de autocontrol en el futuro. Dicho de otra forma: si el niño logra detectar su estado de activación fisiológica previa al episodio disruptivo, podrá poner en marcha alguna de las estrategias incompatibles con el estallido impulsivo y, por tanto, evitar su manifestación. A continuación, veremos algunas formas de hacerlo. 
EL VOLCÁN

Muchos niños identifican la sensación que viven, justo antes de “explotar”, como una especie de calor interior intenso e incontrolable, acompañado de fuertes emociones que no pueden reprimir y que preceden. Irremediablemente. al episodio disruptivo. 
Una buena estrategia para que el niño empiece a tomar conciencia del problema y pueda comenzar a controlarlo, consiste en hacerle visualizar todo el proceso en forma de imágenes. Podemos ayudar al niño a imaginarse que en su interior hay un volcán que representa toda su fuerza y energía, pero que a veces, se descontrola y se produce la erupción. Cuando empieza a enfadarse, el volcán (que estaría situado de forma imaginaria en la zona del estómago) se calienta y empieza a producir lava ardiente hasta el punto que, si no lo controlamos, estalla. 
De lo que se trata es de ayudar al niño a que identifique las propias sensaciones internas previas al estallido y, así, poder controlarlo.
Una vez que el niño se ha ido familiarizando con estas sensaciones podemos motivarle a que ponga en marcha recursos para parar el proceso. 
Debemos, pues, encontrar también cuáles son las estrategias que funcionan mejor con cada niño a la hora de hacer frente a la impulsividad y de  autocontrolarse. Hay estrategias muy simples que consisten en enseñarle a que, cuando note la activación, intente respirar varias veces profundamente, al tiempo que se da interiormente autoinstrucciones (Para, Stop, Tranquilizate, Controlate, etc.). Esta técnica suele ser muy eficaz si, además, hemos trabajado con el niño alguna técnica de relajación.
Es probable que a los niños muy impulsivos les cueste cierto tiempo y práctica desarrollar estos hábitos. En estos casos, podemos darles también la instrucción de que cuando se noten muy activados intenten separarse físicamente de la situación como método para tratar de evitar el episodio (apartarse de un niño que le insulta, irse a su habitación cuando están enfadados, etc.). Todo ello debe llevarse a cabo bajo supervisión del adulto y teniendo en cuenta la edad del niño. Los niños más pequeños (menos de 5 años) tendrán más dificultades para trabajar con autoinstrucciones. 
EL SEMÁFORO

Uno de los problemas recurrentes que nos encontramos cuando trabajamos con niños impulsivos y/o hiperactivos es que no son conscientes de su estado de activación y eso les conduce irremediablemente al conflicto. Esto es especialmente problemático en la escuela o con los amigos. 
Una estrategia que suele funcionar es la técnica del semáforo. La estrategia es simple: se trata de avisar al niño (proporcionarle feedback) cuando está empezando a activarse. 
Asociar los colores del semáforo con las emociones y la conducta:
  • ROJO = PARAR. Cuando no podemos controlar una emoción (sentimos mucha rabia, queremos agredir a alguien, nos ponemos muy nerviosos…) tenemos que pararnos como hace un coche cuando se encuentra con la luz roja del semáforo.
  • AMARILLO = PENSAR. Después de detenernos, es el momento de pensar, de ser conscientes de cuál es el problema que se nos está planteando y de cómo nos sentimos.
  • VERDE = SOLUCIONAR. Si nos damos un tiempo para pensar, pueden surgir alternativas o soluciones al conflicto o problema. Es la hora de elegir la mejor solución.
Para asociar las luces del semáforo con las emociones y la conducta se puede realizar un mural con un semáforo y los siguientes pasos:
Luz Roja:
    1- ALTO, tranquilízate y piensa antes de actuar
Luz Amarilla:
    2- PIENSA soluciones o alternativas y sus consecuencias
Luz Verde:
    3- ADELANTE, pon en práctica la mejor solución
Esta técnica es muy efectiva cuando se trata de niños con necesidades educativas especiales.
En la escuela, con niños/as más mayores, puede ser más adecuado utilizar como señal de aviso (en lugar del color amarillo) algún movimiento concreto del maestro/a. Este método es más discreto y tiene la ventaja que suele pasar desapercibido por el resto del grupo. Por ejemplo: “Cuando veas que te miro y doy dos golpecitos con mi bolígrafo o cuando me toque la nariz...", etc.” 
Lo importante aquí es trabajar en la identificación de las sensaciones previas a las conductas impulsivas y fomentar en el niño su reconocimiento como paso previo a la incorporación de recursos de autocontrol. Si el niño ha trabajado paralelamente alguna técnica de relajación o estrategia alternativa de afrontamiento, podrá intentar ponerla en marcha cuando note la activación o se le avise de ella. Por ejemplo, podemos (según edad y características del niño) enseñarle a que cuando se note activado procure respirar profundamente, al tiempo que se da autoinstrucciones: “tranquilo”, “cálmate”, etc.

En casos de niños especialmente conflictivos podemos darles instrucciones para que se separen físicamente de la situación o vayan fuera a un espacio abierto. Es necesario adaptar estas pautas a las circunstancias del niño y, en su caso, a la de los centros escolares.

La técnica del semáforo es muy adecuada también para utilizarla en dinámicas grupales en las que todos los niños reciben las instrucciones, consiguiendo así una cierta autorregulación del grupo en casos en los que haya riesgo de conflicto.
Se pueden colocar semáforos en diferentes lugares del colegio/hogar como estímulos discriminativos; de esa manera se harán conscientes de que deberán pararse, pensar y solucionar pacíficamente sus conflictos, o mejorar su estado emocional.
CANALIZAR LA ENERGÍA


La impulsividad puede interpretarse como un estado de activación, que nos prepara, a nivel orgánico, para una respuesta inmediata, ante una situación que no toleramos o interpretamos como hostil a nuestros intereses o hacia nosotros mismos.
No obstante, esta pronta activación, puede ser especialmente útil si se canaliza en forma de actividades reguladas.
Podemos comenzar pidiendo a los niños que hagan una lista de comportamientos alternativos para calmarse en una situación conflictiva. Lo normal es que surjan diferentes posibilidades: distanciarse físicamente de la situación (alejarse del lugar, no volver hasta estar tranquilo), distanciarse psicológicamente (respirar profundamente, hacer un rápido ejercicio de relajación, pensar en otra cosa), realizar alguna actividad distractora (contar hasta 10, pasear, hablar con un compañero) etc.
Una vez que los niños se dan cuenta de que existen muchas maneras de pararse y calmarse, es el momento de ver cuáles son las mejores para cada uno.
Como padres o educadores, podemos ayudar en esta fase proponiendo alternativas educativas que no se hayan planteado, por ejemplo, respuestas incompatibles a “llegar a las manos”, como: cruzar los brazos, alejarse rápidamente del lugar, meter las manos en los bolsillos, etc.)
HACER PRÁCTICAS DE AUTOCONTROL A TRAVÉS DEL ROLE-PLAYING:
El profesor  y los compañeros o los padres servirán de modelo de conductas de autocontrol y el niño tendrá ocasión de verse en una situación en la que tiene que poner en práctica lo aprendido.
PRACTICAR DEPORTE
Los niños impulsivos pueden aprender a canalizar esta activación para potenciar sus destrezas en cualquier actividad deportiva. Las artes marciales que combinan concentración y despliegue de fuerza inmediata pueden ser especialmente útiles para aprender a controlar la impulsividad (salvo en el caso de niños que, además, presenten un componente antisocial o de agresividad con las personas).
Entre nuestros deportistas de élite se encuentran numerosos jóvenes diagnosticados de TDAH en la infancia.
En definitiva, cualquier práctica deportiva es especialmente útil en estos niños y nos ayudará a regular su comportamiento. 
LA RELAJACIÓN
Uno de los mejores aliados en nuestra lucha por ayudar a los niños impulsivos lo constituyen, sin duda, los diferentes métodos de relajación. Podemos utilizar técnicas adaptadas a las diferentes edades y necesidades.
Las emociones intensas, especialmente las negativas (ira, agresividad, estrés, etc.) cursan con un alto nivel de actividad fisiológica. Por el contrario, los estados de tranquilidad, caso de la relajación, el nivel de activación fisiológica se supone mínimo, siendo la activación del sistema nervioso parasimpático su principal mecanismo de acción.
Técnicas de relación Jacobson:
Jacobson descubrió que, tensando y relajando sistemáticamente varios grupos de músculos y aprendiendo a atender y a discriminar las sensaciones resultantes de la tensión y de la relajación, se pueden eliminar, casi completamente, las contracciones musculares y experimentar una sensación de relajación profunda.
Lo que se pretende es obtener la relajación local de cualquier grupo muscular en dos momentos:
Tensar, provocando expresamente la tensión, activando y contrayendo las fibras musculares.
Relajar, desactivando al máximo esa posible tensión provocada, produciéndose la relajación.
Esta relajación debe ser un proceso progresivo de activación y desactivación de todos los músculos del cuerpo, siguiendo un orden:
  • Cara (ojos, boca, frente), cuello y nuca.
  • Brazos (hombros, brazos, antebrazos, muñecas y dedos).
  • Piernas (pies, tobillos, gemelos, muslos y nalgas).
  • Tronco (espalda, estómago y tórax).
Ejemplo:
Cara: cerramos fuerte los ojos y contamos hasta 8, después, relajamos. Después, apretamos la boca, contamos hasta 8 y relajamos. A continuación, fruncimos la frente, contamos hasta 8 y relajamos. Y así, con el resto de las partes del cuerpo.
EJERCICIOS PARA POTENCIAR EL APRENDIZAJE
El niño impulsivo no sólo presentará problemas en su conducta sino que su perfil de funcionamiento le acarreará dificultades en aquellas tareas que requieren de atención sostenida (lectura) o coordinación visomotriz fina (escritura).

Por tanto, resulta de suma importancia trabajar, también desde casa, con ejercicios para mejorar estos aspectos. Recomendamos ejercicios de papel y lápiz (según la edad), como el pintado de mandalas, los laberintos, ejercicios de discriminación de las diferencias, etc. En el siguiente enlace encontraremos numerosos recursos para trabajar la atención y la impulsividad:
También, podemos trabajar con diferentes juegos en el ordenador, siempre y cuando la actividad priorice la atención sostenida y la organización del material presentado visualmente bajo algún criterio antes de efectuar la respuesta. Es decir, no nos interesan los juegos demasiado movidos o que priorizan los reflejos visuales más que los racionales. El niño primero debe pensar y organizar antes de ejecutar la respuesta (demora de la respuesta = control de la impulsividad).
Otro recurso que nos puede ayudar son los juegos de mesa. Se recomiendan especialmente el juego de Damas y el Ajedrez. En ambos, es necesario pensar antes de responder (lo contrario a la impulsividad). Además, los niños, deben situarse en unas coordenadas espaciales para mover las fichas, lo que incrementa su capacidad visomotriz.
Finalmente, señalar un último recurso que podemos aplicar en casa para ayudar a los niños que tienen dificultades con la grafía o la escritura. Frecuentemente, el niño impulsivo, presenta dificultades para escribir correctamente y suele agrandar la escritura o deformarla significativamente, con escaso control sobre las coordenadas espaciales. En estos casos, podemos trabajar con el niño utilizando los mandalas, laberintos u otros pero teniendo especial cuidado en que primero aprenda a relajar el brazo y la mano. El niño impulsivo cuando coge el lápiz lo hace de forma rígida y suele tensar todo el brazo. Deberemos darle instrucciones para que, antes de empezar a dibujar o escribir, el brazo deje de estar tenso. Para ayudarle podemos, por ejemplo, decirle que deje el brazo completamente muerto (podemos alzárselo con nuestra mano e indicarle que cuando soltemos, el brazo debe caer a plomo. Si es así, el brazo está relajado). Una vez relajado podemos situar nuestra mano encima de la suya y ser nosotros los que vayamos escribiendo (dibujando o coloreando) al tiempo que el niño procura seguir teniendo el brazo relajado. Una vez más, lo importante es que el niño vaya discriminando entre tensión y distensión (activación versus relajación). 
FUENTES:
https://docs.google.com

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