Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad

lunes, 13 de junio de 2011

EL IMPACTO DEL TDAH EN LA FAMILIA

El Trastorno por Déficit de Atención ha sido ampliamente estudiado y analizado por varios profesionales en el campo de la psicología, psiquiatría y neurología.  Durante los últimos años, las investigaciones se han ampliado cada vez más a los factores psicosociales y contextuales, que producen una gran influencia en la evolución del trastorno y sus síntomas.
Se ha observado que los síntomas de este trastorno tienen una influencia directamente negativa en la persona que lo padece. Las dificultades en el área cognitiva repercuten en su actividad académica, ya que son niños que pierden la atención con facilidad, tienen dificultad para seguir instrucciones, no terminan sus tareas o tardan más tiempo de lo normal para terminarlas, no logran organizar su tiempo y espacio adecuadamente, le resulta difícil encontrar soluciones a los problemas, entre otras.  Esto a su vez les causa frustración, enfado y su autoestima se ve afectada por las dificultades constantes a las que hace frente en sus diferentes actividades.  Además, las comparaciones realizadas, tanto por otros como por él mismo, en relación a otros compañeros de su edad, también puede influir negativamente en su autoestima e incrementar su frustración.
Los síntomas de este trastorno, sobre todo la hiperactividad e impulsividad, también influyen negativamente en el área social del niño.  Estos niños tienden a ser impacientes, más agresivos, a no respetar los objetos y el espacio de los demás, etc., por lo que los otros niños, en muchos casos les rechazan y aíslan: esto les causa tristeza, frustración y enfado, aumentando así las conductas inapropiadas.
Sin embargo, los síntomas de este tipo de trastorno no se dan aisladamente. Aparecen dentro de un entorno, en donde se ven influidos, no solo la persona con déficit de atención sino  también su familia, compañeros, profesores y todas los demás que están a su alrededor.  En este artículo nos centraremos en la influencia que este trastorno tiene dentro del entorno familiar.
Se ha visto que todos los miembros de la familia, tanto padres como hermanos, se ven afectados.  Por ejemplo, la relación entre los padres y el niño con TDAH, suele marcarse por el conflicto, debido a que estos niños suelen ser menos dóciles, menos sumisos y requieren mayor estimulación y ayuda de sus padres que otros niños, La comunicación entre hijos y padres también se ve perturbada ya que generalmente estos niños o jóvenes tienden a enfadarse más durante las discusiones de sus conflictos y a utilizar una comunicación y tácticas de solución de problemas más agresivas.  En ocasiones, esto repercute en las percepciones que tienen los padres de sus hijos, calificándolos de manera negativa en relación a los hermanos o a otros niños.
Asimismo, esta problemática puede tener un impacto negativo en la percepción que los padres tienen acerca de su propia eficacia para educar, provocándoles mayor estrés y frustración.  En ocasiones, los conflictos los lleva a utilizar métodos de disciplina más agresivos y poco proactivos y, en consecuencia, tienden a utilizar menos refuerzos positivos.  Estos métodos disciplinarios, generalmente empeoran el comportamiento inadecuado de los niños, por lo que se convierte en un círculo vicioso, difícil de controlar.
Además, la tensión, frustración y enfados constantes pueden influir también en la relación de pareja entre los padres.  En ocasiones, los padres viven frecuentes enfrentamientos maritales a causa de los desacuerdos en la crianza del niño con TDAH.  También, en la mayoría de los casos, los niños con TDAH demandan evaluaciones y tratamientos  costosos, los cuales provocan  un impacto en la economía del hogar, situación que agudiza la tensión familiar y que, también, puede influir en la relación de pareja.
Otro punto a considerar es la vida social familiar. Los padres de niños con TDAH afirman que, muchas veces, el comportamiento de su hijo provoca un impacto negativo en su vida social, ya que se sienten incómodos públicamente y, por lo tanto, evaden salir para evitar una situación incómoda en público, disminuyendo las visitas a parientes y amigos por miedo a que el niño se comporte inadecuadamente. Por lo tanto, el tiempo que se podría dedicar al ocio o diversión se recorta.  Esto puede aumentar la insatisfacción al disminuir el tiempo que se comparte como familia, desencadenando mayor estrés y frustración en el entorno familiar.
Por otro lado, también los hermanos de niños con TDAH, se ven afectados por las conductas del niño.  Muchas veces ellos manifiestan ser víctimas de sus abusos porque los niños con TDAH suelen ser más conflictivos y agresivos para solucionar sus problemas y tienden a romper o perder los juguetes y objetos personales de sus hermanos.  Otras veces, se ven obligados por sus padres a ejercer la función de “cuidadores” o “guardianes” de su hermano causándoles esto frustración y enfado, por asumir roles que no les corresponden.  En ocasiones, perciben que los padres prestan mayor atención al niño con TDAH, por lo que sienten celos, tristeza y enfado.  Consecuentemente, los conflictos que existen entre el niño con TDAH y sus padres, repercuten negativamente en los hermanos, ya que presencian mayor tensión y conflictos en casa y, generalmente, perciben que el mal humor de sus padres, causado por la conducta del niño con TDAH, se traslada también hacia ellos.  En el área social, los hermanos también se ven afectados, ya que también ellos deben recortar sus salidas o invitaciones de amigos, debido a que muchas veces se sienten avergonzados por el comportamiento de su hermano.
Por lo tanto, se ha visto que la convivencia con un niño con TDAH resulta difícil, estresante y ejerce una influencia negativa sobre la familia.  Se ha evidenciado que en la mayoría de las veces, vivir en una familia con un integrante con TDAH, resulta ser más conflictiva y agotadora, acompañada continuamente de problemas familiares, con consecuencias individuales y de pareja donde se ven afectados todos los miembros de la familia.
Es por eso que, cada vez más, los profesionales optan por un tratamiento multidisciplinar para este tipo de trastorno.  Esto involucra no solo un tratamiento farmacéutico para el niño afectado, sino también una terapia conductual que ayude al niño a controlar, de mejor manera, sus comportamientos inapropiados.  Además, se ha visto que un entrenamiento de sus habilidades cognitivas, le ayuda a tener mayores herramientas para enfrentarse de mejor manera a los retos académicos.  Sin embargo, por la evidencia de la influencia negativa que ejerce este trastorno al entorno familiar, es importante también, que los padres reciban un asesoramiento psicológico cognitivo-conductual para lidiar con situaciones difíciles, como complemento al tratamiento del niño.  La conducta del niño y la de los padres se influyen mutuamente, por lo que la mejoría por parte del niño, debida al tratamiento, repercute en mejoras en el comportamiento de los padres y viceversa.  Este entrenamiento a los padres constituye un factor esencial en el éxito de la intervenciones terapéuticas, para que exista un ambiente de más armonía y satisfacción dentro del hogar, beneficiándose así, todos los miembros de la familia.
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